Cap. V - Una península en aguas tempestuosas
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Ingreso: Junio 04 de 2024
Actualizado: 03/10/24 l 22:11
“Si fue el padre quien moldeó a la perfección aquel mecanismo humano que a diferencia de las demás especies intentaría ser ese émulo suyo hecho materia, cuya inteligencia en su estado mas elemental fuese la llave de su propia evolución que el azar de su libre albedrío definiese; sea la madre primigenia aquella carga genética instalada en su sistema, bienintencionada como toda buena madre, que si bien habría de establecer su sentido de pertenencia ascendiente: su acierto o fracaso como especie estaría definido por esos pertrechos de viaje insustituibles dispuesto entre los efectos de su equipaje, con su conciencia y su voluntad en uno de los bolsillos, y las tendencias degenerativas -entre ellas la ignorancia, la resignación y la perversidad-, en el opuesto”.
BANCO DE PRUEBAS
Como el padre, profeso prosélito de la estirpe Astarori, cuyo poder concedido en combo por los demonios de la corrupción, la codicia y la manipulación, lo facultaba a diez años de poder omnímodo, y al décimo primero ponerse a buen recaudo o tener que rendir cuentas ante la justicia humana: así la hija, tras diez años de poder en las sombras, haciendo uso criminal de su posición lideresa de un enjambre de políticos sin el mas mínimo concepto de ética, moral o simple retribución a la sociedad que los había elegido; los más de ellos con causas pendientes con la justicia -si acaso no eran brazo político de intereses ilegales, o aun criminales, con quienes canjear lealtades a cambio de impunidades era la llave con que materializar su obsesiva ambición por romper una maldición que le impedía alcanzar ese sillón presidencial que la liberase de su propia carga pendiente ante la ley-; forjada desde muy joven entre los fondescos arrabales progenitores de los 90s, al décimo primer año debió afrontar también las consecuencias de sus actos a la cabeza de un largo y oscilante cuerpo de mil patas.
Como el padre, con sus hordas de discípulos ensamblados a su causa perversa desfilando por pasillos y carceletas del sistema de justicia, tras un catastrófico rechazo en las urnas junto a cada uno de sus camuflajes y trampas: esta vez ya no tomarían por sorpresa al electorado una vez detectados y expuestos públicamente junto a su prontuariado parlamentario.
Los cargos: pervertir la Constitución al vaivén de sus intereses, como el padre; negociar leyes al portador a cambio de votos para sus proyectos ilícitos, sin poner reparos al remover cualquier signo de decencia e idoneidad de las instituciones del Estado, echando autoridades sin causales debidas e incorporando títeres en las instituciones que secundaran su proyecto dictatorial en curso -entre ellos un Tribunal Constitucional que en abierta transgresión a leyes supranacionales, liberó ilegalmente de prisión a su padre, e invadiendo jurisdicciones, mancornó el sistema rector de la justicia en esa búsqueda multilliza del imperio de la arbitrariedad, el delito y la impunidad. El costo: un crecimiento abismal de los índices de criminalidad, recesión y desempleo; la ampliación de las brechas de pobreza e iniquidad, y un penoso retroceso de los derechos civiles que retrotrajo la institucionalidad a la edad de la piedra, el garrote y el privilegio político, mientras con el viento a favor, junto a la prescriptividad de los delitos y la impunidad, se expandía la corrupción y el despilfarro de las famélicas arcas presupuestales en inversiones y endeudamientos arbitrarios, gastos superfluos y aumentos y mil gollerías para el parlamento.
Si el delito y la impunidad eran los nombres de pila de un régimen parlamentarista soterrado, sostenido en un armatoste legal trucado basado en el voto en gavilla con que dar sustento a una cadena de ilegalidades; desde la sujeción de autoridades a través del amedrentamiento o su recambio en remedos de elección amañada, hasta su apañada reposición en caso alguna de las suyas hubiera caído en manos de algún rezago de probidad en el sistema de justicia: su apellido era la farsa. Farsa como aquel intento de restitución de la fiscal de la nación de entonces, tan afecta a limpiar honras a cambio de soporte político.
Destituida tras caer en su propia red de fiscales y policías eficientes e incorruptibles que ella misma fundó para la lucha contra la corrupción en el poder y sacara a luz una lista serial de delitos derivados de su intento de protección a su hermana (la jueza que liberaba narcotraficantes a cambio de sobornos), uno tras otro los delitos y pruebas fueron engrosando su carpeta fiscal, incluído el más degradante que podía perpetrar una autoridad de élite como una Fiscal de la Nación destinada a combatir el delito: el soborno vulgar, ramplón y grotesco, delineando un acápite más en la larga lista de imputaciones que no dejó espacio suficiente de maniobra absolutoria para los títeres constitucionales del Tribunal, ni para el brazo político que la protegía, el Congreso, para quienes ese currículo delictivo nunca dejó de ser una suerte de emblema tatuado en la frente que los hermanaba profundamente.
Era la misma farsa con la que ese mal mayor tan rechazado por la sociedad peruana, decidiera no aceptar su propensión por el fracaso que la llevaría a desconocer sucesivos gobiernos; desde su autoproclamación como mandataria en la sombra tras lograr una aplastante mayoría parlamentaria en su segundo revés en las elecciones de 2016, hasta alcanzar su clímax disfuncional en la gran farsa del fraude de 2021, tras perder las elecciones por tercera vez consecutiva. Un hat trick al fracaso por nadie mas alcanzado. Desde entonces, tal como se cayera estrepitosamente esa disfunción mitomaniaca -que no resistió ni el remaje en retroceso de una comisión parlamentaria, dirigida casi casi desde los dictados de la locura senil-, mitos como el comunismo cubano, el chavismo venezolano, o simplemente el terrorismo remanente del Sendero del Vraem, se fueron desplomando uno a uno como psicosociales con los cuales manipular los miedos de los votantes en épocas de elección.
Pero no solo eso: temas como aquella virginal Constitución del 93, que tanto "crecimiento" y "estabilidad" había prodigado en especial a ciertos estratos ideológico y ascendientemente afines a su prédica -y que por lo tanto no merecía ser tocado ni por el pétalo de una flor-, se despeñaron estrepitosamente cuando la horda del voto al destajo en el Parlamento presidido por la artífice de la crisis moral que vivía el Perú, decidió "reformarla" en flagrancia, violándola en manada para, entre otros estropicios, intentar retar al fracaso por cuarta vez, una vez que todo el entarimado institucional mafioso estuviese montado a su favor, e hiciera del 2026 -no antes, pues faltaba tomar posesión del sistema electoral que legitimara un previsible fraude-, una noche buena de pavos, cócteles y panetones, esta vez del lado suyo.
Si en la sombra, la hija del mal era capaz de todo ello, secundada por una élite empresarial que elección tras elección no se cansaba de financiar sus campañas políticas a manos llenas desde la clandestinidad, con millones de dólares entregados vía delivery en maletines, bolsas y mochilas, burlando los filtros anti lavado de los organismos supervisores de la banca: qué se podía esperar sino, un desmadre total de la corrupción, el abuso de autoridad y la impunidad, una vez que su necesidad de poder hubiera sido oleada y sacramentada por las urnas. Nada improbable, por si todavía hubiera alguien de buena fe que le diera el beneficio de la duda, si tomamos en cuenta de ese escandaloso modus operandi que ya había vivido el país durante la década oprobiosa de los 90.
Partidas de dinero desviadas a Palacio desde ministerios, sistemas de inteligencia y otras entidades del ejecutivo para solventar "gastos presidenciales" y otras ilegalidades. Entre ellas, los estudios universitarios en Norteamérica de ese émulo del padre todavía en formación: la primogénita. Dineros destinados clandestinamente por el propio asesor presidencial, unas veces vía consulado, otras cobradas personalmente por ella en sus contínuos viajes de visita al país.
ENCRUCIJADA
En tal contexto, de una política nauseabunda que daba la razón a quién marcaba distancias de la insoportabilidad de su influjo, ¿qué podía ser prioritario desde el punto de vista conceptual de intentar recuperar la confianza en el acto político como principio de un adecuado funcionamiento de la democracia -para entonces en estado inducido de coma?: ¿lograr alcanzar un cupo en medio de una infestación de seudo partidos cuya interioridad nadie conocía -o los conocía del haz al envés-, y mas allá de esa ambición individual o de cardumen, de pirañas en pos de esa suerte lucrativa de una función tan desprestigiada, a sabiendas de estar apostando a ser carnada mayor de tiburones jurásicos, no solo por su decrepitud o envergadura, sino y sobretodo, por ese 'intelecto' anquilosado y depredador del hueso y el pellejo dejado regado a su paso?, ¿o recalar antes como paso diferenciado en el imaginario de la gente, con un halo de esperanza entre las manos como prioridad, y una actitud constructiva que devuelva una premisa esencial: la decencia y el propósito como ejes fundamentales del quehacer político?
Y por ende, haya de crearse las condiciones para, a manera de retribuciôn, ser dignos de esa confianza recalada en lo más hondo de una conciencia cívica, que era comprensible estar atrapada en una encrucijada, y a la que no había otra forma de persuadir sino a partir de un mensaje de integridad, de responsabilidad y de aquella facultad tan venida a menos, de hablar con la verdad, así como un actuar exento de intereses ajenos a un ideario público labrado en base a las necesidades más urgentes, que en principio, pare la crisis aluvionica en la que había sido sumido el país por una clase política detestable que el 90% de peruanos repudiaba.
Una suerte de pausa en la noche en vela del insomne, y una imagen lo suficientemente auténtica rondando su cabeza, e instigándolo a advertir con interés y algo de optimismo, ese rayo de luz que se filtra entre las cortinas y va a parar en la mesa de trabajo.
Por: Rodrigo Rodrigo
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